En los aposentos de Nuestro Altísimo
la gracia elevadísima
la gracia elevadísima
la gracia elevadísima
El Sol de soles del amor del Padre,
¡cual baño entre rayos solares!
¡El Sol de soles está entre los rayos
de Su amor!
En San Salvador se había vencido a la muerte. Los que alcanzaban el cuarto grado de inmortalidad, el grado más alto, venían cuando lo deseaban encarnados en cuerpos de fuego, adoptando diferentes fisonomías, a cual más hermosa. Por ejemplo, los inmortales cuyas reliquias descansaban a varios cientos de metros de profundidad en el Nuevo Ser arquitectónico de San Salvador, podían tomar la forma de un hermoso adolescente angelical y desde un rincón de la cueva, humilde y modestamente, acompañar en silencio durante semanas a los hermanos contempladores de la luz...
El objetivo de su presencia en la tierra era la depuración de los aires y la difusión de la gracia. En su mayor parte esto se llevaba a cabo en silencio y al margen de procedimientos propiamente humanos (preceptos, ceremonias religiosas, catecismo, apostolado, etc.)
Los custodios celestiales del castillo
El Padre celestial - decían los maestros de San Salvador desvelando así secretos a sus discípulos - asignó 144.000 ángeles guardianes, de la llamada jerarquía "de protección", a los alrededores de San Salvador (su trono eterno en la tierra). De este modo, ni una sola alma ajena (por no hablar de los enemigos) puede siquiera acercarse. Desgraciados aquellos que logren pasar los "cordones" de Nuestro Altísimo pues les esperan severas represalias.
Corrían numerosos rumores y habladurías sobre San Salvador. Algunas de estas historias hablaban de cuerpos ensangrentados y desfigurados, con los ojos desencajados, como si los hubieran arrojado desde el cielo. Eran los cuerpos de aquellos que querían infiltrarse en San Salvador con indignación y propósitos deshonestos (como los agentes romanos).
Los rostros de los maestros de San Salvador estaban colmados por tal potencial de luz solar que, en ocasiones, los otros evitaban mirar al prójimo a la cara y bajaban los ojos dócilmente: a menudo los peregrinos no podían mantenerles la mirada y se desmayaban.
Éste era el único rincón de la tierra entre los siglos IX y XIV donde el diablo, por promesa de Nuestro Altísimo, no tenía ningún poder sobre el hombre. Aquí el verdadero Creador y Arquitecto de la teohumanidad, con la ayuda de sus perfectos instrumentos, lograban restablecer en un corto plazo almas gravemente heridas y traumatizadas.
Una PAZ soluble. Una PAZ suprema... ![]()
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