Nuestro Padre venía a nosotros como si fuéramos Sus propios hijos. Para Él nosotros no éramos sólo "hijos en Cristo, su hijo unigénito", sino los hijos que en otro tiempo engendró de sus recónditos compuestos, de su Sangre mírrica. Y por ello hablaba con nosotros como con sus propios hijos.
Nos llamaba "hijos retornados a la casa de Dios", haciendo referencia a la parábola de Cristo sobre el hijo pródigo.
San Salvador era un lugar donde el Padre del amor devolvía a sus hijos sus aposentos celestiales y lo hacía a medida que éstos renegaban del modelado adámico, de la naturaleza adámica y a medida que recuperaban su composición divina.
¡Regresamos de San Salvador y de nuevo nos encontramos con el valle de los aromas relicarios!
El cauce del arroyo por el que después de las lluvias corre el agua de las montañas. Nosotros entramos en una vieja cavidad. Seguramente aquí la montaña se apartó y se abrieron cuevas secretas para la vida eterna.
Bajo esta cavidad se encuentra la entrada a las cuevas de San Salvador, donde se guardan reliquias imperecederas. Cuando llegue el momento revivirán y se revelarán al mundo derramando aromas mírricos.
Esto es indescriptible: ¡varios miles de cuerpos imperecederos! Desde aquí podemos sentir a través de la tierra las fragancias relicarias de Pochaev y Anzer. ![]()
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