El Grial de los cátaros constituyó la iglesia medieval del amor y al mismo tiempo su símbolo. Agrupó a su propia iglesia con los ungidos mesianísticos.
El misterio de catarismo está en la presencia de Grial.
No se puede comprender a los cátaros sin el Cáliz del Grial. Los Cátaros difundían la espiritualidad del Vaso Sagrado del Altísimo y su Sabiduría perenne. Reafirmaron y glorificaron el trono del Altísimo, como es él. Y es que en los Cátaros hablaba y se difundía el mismo Cristo.
El Grial alimentaba a los Cátaros de una forma más imposible. Los logros de las escuelas de Mani, Zoroastra, Buda, Mohamed o cualquier otro maestro universal no podían ni competir con las alturas vertiginosas de la espiritualidad de los Perfectos. Eso se debía al triunfante Cáliz mesianístico del Amor.
Los Cátaros se hacían comulgadores del Evangelio interior. En las esferas del Grial, el glorioso Cáliz obsequia la comunión interior desde el Evangelio del Salvador-en-Su-Sangre. Una comunión del amor que no hay en la tierra. Este amor nunca se explica exteriormente: el novio debe aunarse con la novia por Sus sangres purísimas, para que la novia tenga que hacerse una virgen cátara pura.
Lo que no pudo derramarse en Sus días terrenales en medio de los discípulos, se derramó en el Gólgota, en un grandísimo Pasional. Nació la esfera del pasional pasionalísimo de los pasionales y el Cáliz, Santo Santísimo Sanctorum. De este Cáliz invaciable e interminable, el Cáliz superior a sí mismo, comulgaban los caballeros del Grial.
Eran 12 los custodios del Cáliz que sabían del Grial. Sus nombres se mantenían en secreto. Ellos desaparecían esfumándose junto con el Cáliz en el más allá. Y cuando era necesario volvían a aparecer...
Aparte de los 12 custodios del Cáliz que eran indicados en orden jerárquico sobre la pantalla blanca del Grial, había más de mil perfectos del Languedoc, de Lombardia, de Occitania y de la Provenza y otras provincias mayores de Europa del sur que místicamente saboreaban del Cáliz. Los demás tenían una vaga idea de este acontecimiento, no más.
Los obispos se daban cita dos veces al año en Montsegur. Cristo llegaba a ellos con el Cáliz del Grial en las manos y les nutría.
El Grial extendía a su alrededor círculos de amor, como si fueran las olas de un mar de luces, encendiendo a su alrededor miles de pequeñas velas. Ellos mismos buscaban los corazones puros de los Cátaros, y luego, en aquellos que ya tenían las velas imprimidas en su ser, se encendía el amor celestial. Sus rostros se iluminaban. Y ya no podían pensar en nada más, sólo en el amor perfecto. Hablaban sólo del amor que no existe ni en la tierra ni en los cielos.
Era la dulcísima sinfonía del Reino. Era la música del amor que sonaba en el centro de Europa hace más de dos siglos.
El Grial reinaba no sólo entre los cátaros de Montsegur. Amaba y cuidaba a todos sus discípulos verdaderos, era del mismo grado el patrimonio de Carcassona y de Béziers. ¡Cuántos grandes ungidos había entre los cátaros (como p.e. Gilberto de Castres)! Los mejores varones de Catalunya, Lombardía y Languedoc abandonaron el mundo por el Grial. Las almas más nobles, aristócratas, cándidas veían que su deber era participar en el futuro destino de la humanidad.
No sólo el Cáliz se multiplicaba, sino también se multiplicaban "los Griales menores" - sus discípulos. Este hecho arrebataba a los montsegureños. El caballero Guillermo de repente se mostraba en tres caras, cuál más preciosa que otra. Los montsegureños se hacían omnipresentes y junto con el Grial se movían por los aires.
Para entrar en la luz oceánica del Grial era necesario que la persona se encontrara en el pakibytie (más allá) virgíneo y estático, es decir en una elevación particular que es el don de los Perfectos.
¡Cuánto ofrecía el Grial a los Cátaros! Para miles de años.
Tanto les dió, tantos tesoros ... que no sabían en qué mundos tienían que divulgarlos. ¿Quién construyó los castillos? El Grial. ¿Quién guardaba sus entradas? El Grial. ¿Quién daba de comer? El Grial. ¿Quién enseñaba la Sabiduría? El Grial.
Cristo fundó Su Reino en las montañas altas, en los Pirineos, en cien castillos del Grial.
El Cáliz Inagotable creaba a su alrededor una atmósfera única de la santidad y de la civilización divina, del servicio mirróforo de los colmados por el Espíritu Santo.
Los cátaros iniciados en el misterio de los misterios llamaban al Grial el sagrario de los sagrarios. El Grial era uno con Cristo. Cristo permanecía en el Cáliz, que irradiaba la luz hasta cuando Cristo no estaba.
El Rey de los que reinan sostenía el sagrado Cáliz en sus manos y nutría sus seres.
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